lunes, 17 de enero de 2011

SUS OJOS NEGROS DE ALMA SE CERRARON (cap. 3º)


Día lunes, un camino a seguir, pensar en el mismo colectivo, la misma rutina, el mismo escenario que me llevó a conocerla. Los ojos cansados, ahora es primavera en la calle, ya me imagino todo el día y me niego a bajar de la cama. A un costado tanteo la radio. Al otro sé que está moviéndose el mundo. Ahí yo tirado en la cama, sin ganas de moverme mucho. La pija dolorosamente parada. Con muchas muchísimas ganas de mear. Estoy poseído, ni me atrevo a ir al baño, siempre va a suceder lo mismo: el pito a punto de estallar y uno hace fuerza, hasta corta la respiración por momentos y en un rato, así, como si fuera un ritual: Sale el primer chorrito. Pequeñísimo. Doloroso. El ruidito aun más agudo. Y las ganas de que se duerma una siestita. Por fin termina la tarea y lo mando a guardar así nomás, sin sacudirlo, mojándome el slip, despegándome por fin del sueño.
Nada puede calmarme. No pienso más que en cuando ella sonríe. Podríamos juntarnos a mirar como oscurece atrás de las fábricas. Muy  lindo. Pero todavía no tengo ganas de regresar a mi rutina de pensar las cosas que uno llega a hacer. Ahora voy rumbo a mi rutina de saberme siempre tan yo y nada me sale bien del todo. Es un poco estúpido esconder la cabeza y tomar un taxi, pero lo hago. Ya arriba pienso en el aroma de su pelo, justo a la altura de las axilas. El desodorante se le mezcla con el olor de la crema de enjuague y la aroma terapia comienza. Sí. Esas fragancias. ¿Dónde nacieron esas fragancias? ¿Qué plantas de que país en que época del año fueron recolectadas? Cuánto misterio en las manos que desempeñaron el trabajo mismo  de llevarlas en canastotes seguramente con mucho aroma a esas flores que lleva en la cabeza. Los canastos directo a un galpón que las llevará en el primer camión de la mañana siguiente hasta la ciudad para ser tratadas por la raza más mediocre de todos lo profesionales: los ingenieros químicos.
Todo transcurre en un zigzagueo mental el cual me lleva a pensar en ella. Sus facciones distinguidísimas, suaves, su voz; me encanta dejarla hablar. En cada una de sus palabras crecen nidos de gorriones, de tijeretas, de chingolitos y todos los pájaros que abundan a diario. Su trino vulgar. Su falta de pronunciamiento. Su pésimo dialecto le sienta como la ropa a estrenar. Ella habla de cómo se debe sentir una verdadera mujer. Posee cada una de sus vulgaridades como si fueran fruto del esfuerzo de los dioses. Pero es extraño que ese paisaje que mutila la mediocridad de las cosas sea distorsionado siquiera avergonzado por sus palabras medias marchitas, aprendidas de memoria, las mismas palabras que porta su indomable boca. Fruto de la raza obrera que creyó en los compañeros proletarios. Ella zafó de eso y muchas cosas más. Su boca enmarcada en la seda color café con leche, morena, esbelta, malcomida. Modelo de lo profano y hermoso. Busco en un bolsillo, en el izquierdo, busco un papelito en el cual había guardado el número de un deliveri. Pero casi ni me importo por un rato y en un rato después no me importaba mas.
La carnecita, se me vino a la memoria la carnecita que le rodea el ombligo, siempre mirándome. Toda frase bonita va acompañada de una sonrisa y esa sonrisa siempre terminaba en una cogida. No había caso. Ni parte del cuerpo. Por ahí me la pasaba observándola. Horas enteras, va no tanto, pero un rato largo: el arte de pintarse las uñas. Decorarlas. Recobrarles el brillo. Hasta eso me enamoraba genitalmente. Cariño único, espión, fisgonero frágil, la agilidad de penetrar en su mundito que no valía un carajo pero menos me valía el que me entregaban por debajo de la puerta los domingos y días feriados. No hay por donde explicar lo que sigue. No importa tampoco en demasía. Cada beso que registraba me llenaba de gracia. La alegría de los ancianos en las misas. La alegría de casi todos los niños Down. La alegría de quien gana con poco esfuerzo, y la del popular, la de la música popular, la de Latinoamérica, la gran alegría norteamericana, y la de América entera, y en esa alegría americana encerrada: la alegría de Colón y todos los tripulantes de las carabelas en las  que seguro mas de uno se manoseó con el otro; la alegría de la reina que donó las carabelas, la del creador de las carabelas y todos los grandes inventores de todas las eras y nacionalidades, la alegría del mundo, y la de su Creador. El gran Señor perdonándonos los pecados con tierna alegría... todas las alegrías juntas y aparte Mi Alegría. 
No sé muy bien, tampoco abundar porque sí, pero sus ojos, sus ojos la gran siete. La única forma que se me citan es en algún tango. Me hubiera gustado que Mi Alegría de tan pechitos firmes, se hubiera cruzado con Borges; pero enseguida rechazo toda literatura de Borges. Primero porque como todas las personas, soy de la gran mayoría que habla de Borges pero no leyó Borges, mucho menos comprendió que mierda quería llegar a demostrar el tipo. Pero antes de irme muy lejos de la estúpida idea iba a comentar de que Borges finalmente  no me pareció un buen ejemplo para expresar sus ojos por dos motivos: nunca los hubiera visto como los veo cuando están casi lagrimosos de tanto zarandeo arriba mío y porque Borges habrá escrito mucho sobre un montón de mozuelos que se curtían la cara a faconasos bajo una luz triste, pero la verdad que le faltó calle para poder vivirlos. Así que, no sé quién podría describir, sin dejar derramado algún pellizco de encanto, los ojos con los que me concebían todos los más útiles encantos.

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