SUS OJOS NEGROS DE ALMA SE CERRARON (cap. 2º)
Miro, miro, miro, no pasa nada, así puede comenzar cualquier día de rutina. El colectivo, antes, digo: abordo el colectivo muerto de frío, con gustito a cobra sobre la lengua y toda la boca. Se me amolda lo rancio a la bufanda. Tomo, abordo, me sujeto de los pasamanos. Ticket boleto de colectivo. Ahí estás. Miro, miro, en realidad no miro a nada pero es como si lo hiciera. Afuera la helada, el sol encandiloso, un escándalo en una esquina, negocios achanchados. Cortinas de hierro cerradas. Adentro del habitáculo rodante, bondi pajero, de poca amortiguación, los riñones ni hablar, des-pe-góó, otro pedito se escapa y se va a jugar a las escondidas con el aroma agrio de las demás bocas roncas, con el olor a estornudo. Partículas cancerígenas. Extremas. Ínfimas partículas de enfermedades. Y ahí en la lucha de lo que se logra ver por efecto del sol, partículas macanudas de anticuerpos y montón de cosas que declinan sutilmente en nada. Nada que ver. Gente con extraordinario gusto para ser deprimentes. Todos muy mal vestidos, habría que vestirlos mas corrientemente o matarlos. No sé. Lo mismo. Miro, miro. Ahí. Ahí esta la parte que se hacia rogar. Todo normal. Un circo de poco que ver. Pero no. Se me llena la boca de saliva salada, como cuando uno esta por vomitar. La cara me quema. El hielo seco sobre la frente y pómulos. Me quemo de frío creo. Transpiran gotas heladas. Jadeo. Hormigueo en las piernas dormidas. Ahí está. No hay caso, la excepción. Desesperadamente me ruborizo hasta el escroto. Se estira como de fiebre. Siento los huevos pegoteados. Por favor que no se me note el bulto. Pero es mas que eso, la pija roja y el corazón eufórico. Me tiembla un párpado, incomodísimo. Ahí esta. Es ahora cuando lealmente disfruto de la vista. Todo entero en goce. Ni pienso en la vieja Persia, en esas infusiones con olor a frutas o clavitos de olor. No simulo pensar en diosas griegas o en nada. Me encarno con los ojos enteros. Ya ni disimulo. Está ahí, parada. Copadísima. Agradezco el dolor de riñones. Sonrío a la falta de buenos elásticos y al descuido del chofer. Ahora la veo. Sí. Que puedo decir, me concentro. Sus redondeces matinales. Sus jeans que imitan muy pobremente a los Kosiuko. Pero que bien, el culito duro. Regorgojante de futuros chasquidos, de lenguas casi felinas raspándole lo musgoso del alma. Las piernas infinitas. Con las piernas adentro de un talle mas chico. Ajustadísimo. Los pantaloncitos Kusiucom le quedan bonitos. Sí que la miro, cómo que no, así es la forma en que puedo seguir diciendo lo de los baches y las gomitas saltarinas en cada bocacalle. Listas para ser mordidas en la puntita, supongo, por un ángel o algún engendro de poca maldad. Esta ahí, pero se me termina el trayecto y re embobado resulta. No puedo ni disimular. Ya me fastidio. Me enojo con todo el ambiente. Celo. Siento celos hasta de la vieja conchuda que sé, que se bajará paradas mas adelante que yo. Mas tiempo para delirarla. Mas tiempo de ese aroma de jardines públicos. La miro. Hermosisimamente burda. El pelo mojado. El pelo cual si hubiese dormido en una pileta, así, todo aplastado contra los hombros, la frente eterna. Firme su boca, apenas deja entrever un chiclecito. Como una estatuilla media cagada a palos. Única. Ella. Voy o no voy a donde iba. No sé que hacer. La parada se acerca y yo re al palo. No me atrevo a pensar. Sí. No mejor no. Quedo idiota. No actuo.actuo-mejor no-la conchisima puta madre que hago- voy-dale que vas-dale – acércome- no –dale cagón. Pero cómo. Esta buenísima. Ahora voy mejorando, estoy mas cerca. Es mas real su sutileza. Le noto tanto corrido el delineado de los ojos. Le veo un poco la piel grasosa. Lindísima. Amago como trescientas veces. Sí. Eso y todo eso. Reinaban musas en cada dial de radio que se oía desde adelante. El clima perfecto. Eso y un par de cosas. Así mas o menos la conocí. Aparte de eso, antes de invitarla a por ahí. La apoyé un poco en la colita de marca trucha y dura osamenta. Después me fui a lo de no sé quien a fanfarronear de lo que había conseguido. Toda la mañana hasta el mediodía que me comenzó el verdadero hambre. Me despedí como si al rato fuese a pasar por ese lugar. Así de costado. Después vengo. La credibilidad al margen. Llegué a un restaurante y pedí una ensalada mixta. Mientras que la aguardaba me fui hasta el baño y me masturbe. La cuestión que terminé a puñetes limpios que desencadenaron un chorro tras otro en cada latido de la cabeza. Cada lechazo prolijamente salpica las paredes y el vidrio del costado. Después como la ensaladita. Engullo cada tomate y pienso en ella. Días después la llamaría y cogeríamos por primera vez juntos.
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